lunes, 17 de junio de 2013

Lugares donde empieza a llover

Foto extraída de http://thinkwasabi.com

Todo comienza de forma tímida y débil. Nacen pequeños círculos oscuros en los adoquines de las aceras, los capós de los coches y las tapas de alcantarillas. Un rumor imperceptible se cuelga de las farolas y los árboles, la noche se detiene en un semáforo en ámbar para dejar pasar la fugacidad de un relámpago.

En noches como esta, en las que a uno le sorprende la lluvia sentado al ordenador, en su terraza, al refugio de un toldo en el que repiquetean cariñosamente las gotas, es fácil recordar algunos de los sitios en los que una vez empezó a llover.

Recordar [o acaso querer recordarlo] una mañana de estrenar katiuskas, de Vírgenes de la Cueva, de paseos a la guardería, de desear un diluvio para, al salir, encontrar el paraíso en los charcos. Hay lluvias que nos marcan lugares con equis que luego convierten los mapas en quinielas premiadas.

Recordar alguna tarde bajando del centro por mis atajos de caminos largos, comenzar con cadencia suave de gotas en Santa Inés y castigarnos en tromba en La Magdalena, sin tiempo para llegar a casa. Libros en inglés mojados, [it's raining cats and dogs]. También alguna mañana, de las que me escapaba de la facultad, y la lluvia se asomaba a la Puerta del Perdón, limpiando los naranjos en flor, llenando de ondas minúsculas la fuente del Olivo en la que se rompía la imagen de un campanario.

Recordar noches de nubes y dudas en callejas de San Agustín, al calofrío de los inviernos y las adolescencias, las piedras que brillan porque la luna brilla, las lunas con sonrisas menguantes, la lluvia de guante blanco.

Lluvias a solas y en gran compañía, lluvias tristes y lluvias que te hacen reir. Lluvias que asustan de oscuras, que mojan por dentro, que limpian por fuera, que empiezan de a poco, que acaban con todo, que dejan las ventanas con olor a otoño en verano. Recordar todas las lluvias: la lluvia.

Recordar la lluvia en Bérgamo, en Bruselas, en París, cuando el Petit Palace era devorado por tinieblas, la lluvia con tormenta cerca de Aínsa, la lluvia-niebla de Londres y el chirimiri de Évora... La lluvia que nos esperaba al salir de la boca de metro cerca de la 5ª Avenida, y la que nos caló hasta los huesos en Gante.

Hoy, que escucho la lluvia cobijado bajo la lona gris de un toldo, desearía haber sido sorprendido, como tantas otras veces, a la intemperie y sin paraguas, y, en una katarsis improvisada, convertirme en ese pájaro mojado que se burla de mí sobre los cables de la luz. Ganas de mojarme, de ser lluvia, de desprenderme sobre la ciudad.