lunes, 2 de julio de 2012

Lugares comunes: Los rascacielos (relojes de sol)


Tú sonreías y te entregabas al atardecer sobre Manhattan desde las alturas. 381 metros nos separaban del  maremágnum a ras de suelo de la 5ª avenida. Sobre el Empire State, la inmensidad era una brisa suave, una luz naranja, un sentimiento común que trataban de recoger los objetivos de las cámaras digitales de todos los turistas. Torre de Babel. En ese momento, el esperanto son miradas que expresan embriaguez, quizá un Stendhal sobrevenido, uno nunca sabe qué esperar de un ocaso art decó. Nosotros sobre el Empire State, su sombra sobre la Gran Manzana y el atardecer sobre nosotros. Nueva York es eso: un cúmulo de sobreexposiciones. La cúpula del Chrysler comenzó a iluminarse. Te repetí una y mil veces que aquel era mi edificio favorito y comprobamos que toda la ciudad era un homenaje al tiempo, con cientos y cientos de relojes de sol inmensos que albergaban oficinas, viviendas, habitaciones de hotel, despachos de decisiones importantes. Miramos más allá y los dos fuimos también relojes de sol, impotentes de controlar el tiempo, no más que meros testigos de su paso por encima de nuestras cabezas, de la sombra que proyectamos en los otros, de la otra vida que llevamos en las nocturnidades y las alevosías. La ciudad  fue mutándose, cambiando su piel de tacto solar por farolas encendidas y carteles de neón. Las avenidas, autopistas de estrellas fugaces; y el Chrysler iluminado, altivo, reluciente su cúpula con los tapacubos gigantes más bellos del mundo [te repetí una y mil veces que aquel era mi edificio favorito] adornando la ciudad en un ocaso que no era el ocaso, sino un renacer a la noche, como si la noche siempre hubiera estado allí, reinando en las alcantarillas y sus penumbras, concediéndonos el falso honor de ser, día tras día, relojes de sol, meros instrumentos del tiempo y las sombras.

1 comentario:

miguelejos@gmail.com / Tlf:626956146 dijo...

Todos los que vimos "demasiadas" películas y nos quedamos encerrados en los moteles de carretera de Edward Hopper. Quién dice que nunca podré pagarme un billete... quién dice que mi vida no es una road movie... quién dice... quién...

Los mismos lugares... Siempre...

hontosam Cordura sept 2012