jueves, 8 de agosto de 2013

Lugares comunes: Las playas.

Imagen: Ciudadano B, "La pescadora de sirenas".

Cebos para pescar sirenas


Hace mucho que decidió no ser princesa [es difícil serlo cuando no tienes palacio y vives en el extrarradio] y desde quinto de primaria es alérgica a la lucha atroz de peinarse el pelo. Las cosas desordenadas deben permanecer desordenadas para conservar la esencia, se dice cuando cada mañana se mira al espejo del cuarto de baño. Nunca fue de cuentos de hadas y siempre ha tenido animadversión a las gominolas. 

Desde su último desencuentro con una policía nacional [piso propio, vida ordenada, estabilidad emocional], a la que conoció tras una manifestación y de la que, por mantener su esencia desordenada, acabó huyendo de su vida cuatro meses y medio después [piso propio, vida ordenada, estabilidad emocional], había decidido cambiar de universo, escapar de la urbe.

Ahora, se le ve alguna que otra tarde en la playa, dispuesta la caña y la paciencia, con la mirada perdida en algún punto concreto de su horizonte. Ha cambiado de objetivos -nada de policías, ni uniformes, ni piso propio, vida ordenada, estabilidad emocional -y apunta más alto: cumplir sueños, sonreír más, ver atardecer. Ha decidido [como si esas cosas pudieran decidirse] que la próxima vez se enamorará de una sirena. Piensa que los atardeceres en la playa son lugares especiales para conocer a la mujer de tu vida, y así la espera, pescadora solitaria, toalla de rayas, pan bimbo envuelto en papel albal y una búsqueda sin resultados en el navegador del móvil: "Cebos para pescar sirenas".

En este atardecer sin olas, su sirena aún no ha picado. En el Ipod, Wilco le guiña un ojo. Las sirenas deberían cantar esa canción.