sábado, 26 de marzo de 2011

Decisión: Erasmus


En un impulso más fuerte que su capacidad para contenerlo rompe a llorar.

Aparca el coche de su padre, de marca japonesa (Toyota city-Aichi-Japón), fabricado en Cambridge-Ontario-Canadá, comprado a un importador en Aachen-Renania del Norte-Westfalia-Alemania, la antigua Aquisgrán. Aún tiene en su boca el sabor del café jamaicano compartido hace escasos minutos con él en aquella cafetería italiana regentada por un cincuentón de un pueblo al norte de Albacete que dio a parar con sus huesos aquí cuando su mujer, profesora de inglés en secundaria, consiguió plaza en un instituto de la región.

Derrama lágrimas tristes sobre un clínex blanco del paquete que hace un par de días le vendió un senegalés vestido de gitana y tocado con un sombrero cordobés en un semáforo de la Avenida de América. En su desconsuelo, aún le recuerda, sentado frente a ella hace apenas minutos, dándole unas  explicaciones que no quería escuchar, pidiéndole un perdón que a ella le es imposible considerar, tratando de convencerla de que aún se podían salvar…

En el móvil, la música que el ruso Tchaikovski le puso a la adaptación que el francés Alejandro Dumas hizo del cuento alemán de Hoffman El cascanueces y el rey de los ratones, rompe el silencio del interior del coche. En la pantalla táctil del teléfono de marca coreana aparece la imagen de aquel viaje a Londres: ellos dos, abrazados, sonrientes, exultantes, en el puente que sobre el Támesis diseñó el español Santiago Calatrava en 1990. Una llamada: es él.

Un nuevo y rabioso impulso incontrolable, le hace coger el móvil –aún sonando, vibrando, iluminado –bajar el cristal y lanzarlo con fuerza por la ventanilla. Lo observa volar por el aire, rotar sobre sí mismo, caer al asfalto, rebotar una y otra vez sobre el gris para, finalmente, quedar in-móvil unos instantes antes de ser aplastado por el camión de una empresa de transportes belga fabricado en Suecia y conducido por un venezolano, a juzgar por la bandera que ondea junto al espejo del copiloto. En segundos, en su cabeza, y simultáneamente a la imagen del conductor y el móvil destruido, se cruzan las palabras de él explicándole su inocente aventura con aquella chica de Maturín (Venezuela, que coincidencia) compañera reponedora del supermercado de aquella cadena alemana donde trabaja desde hace un año. Entonces piensa en aquel libro que dejó a medio leer de ese autor nacido en Tocopilla, Chile, de origen judío-ucraniano y apellido casi impronunciable donde hablaba de los Actos Poéticos.

Lo sucedido en su vida en aquellos últimos veinte minutos –concluye tras reflexionar y secarse las lágrimas –era sin duda un Acto Poético fruto de la globalización.

Entonces sonríe, arranca de nuevo su coche de marca japonesa (Toyota city-Aichi-Japón), fabricado en Cambridge-Ontario-Canadá, comprado a un importador en Aachen-Renania del Norte-Westfalia-Alemania, la antigua Aquisgrán, se esfuerza en olvidar el sabor del café jamaicano compartido hace unos minutos con él en aquella cafetería italiana regentada por un cincuentón de un pueblo al norte de Albacete, y decide que el año que viene, definitivamente, sin lazos sentimentales ni sexuales que la aten, seguirá el consejo de sus padres de solicitar la beca Erasmus para su último curso de carrera.

3 comentarios:

Charlie Brown dijo...

Divertida, inteligente y profunda historia

Víctor Chaves dijo...

Desde mi ordenador, hijo de un matrimonio Germano-Japonés y vestido yo mismo en orden descendente por; Vietnam,China,Méjico...Mi más global enhorabuena.
Estupenda historia

Ciudadano B dijo...

Gracias por los comentarios.

Víctor, buena puntilla tu comentario para el post. Bienvenido a la ciudad.